Allí estaban, solos con el cadaver de Bahamut aun fresco, nuestros héroes. Korvak, Elian, Priroda y Niccolo, parados a unos metros del camino, en las afueras de Toen. No sabían cómo habían llegado hasta allí, pero habían llegado. Ahora había que enterrar a Bahamut y agarrar la carretera para llegar a Shinrin, aunque… La carretera sería peligrosa. No tenían papeles. Habría que cruzar campo traviesa? Alejarse de Toen antes de agarrar la ruta? Seguro había patrullas buscándolos como “fugitivos”. Bueno, la ceremonia tendrá que ser corta, se dijo Korvak, mientras se resignaba a enterrar a un aliado en una tumba demasiado seca para su gusto. Un poco de fuego deberá bastar. Después de todo, Bahamut no era un enano, y no creía en el Dios Ahogado.
El humo probablemente atraería patrullas, asi que mejor empezar a abandonar el lugar, pensó Elian.
Avanzaron campo traviesa, en paralelo a la ruta unos pocos metros antes de escuchar pasos acelerados a sus espaldas. Decidieron improvisar: Priroda se convirtió rápidamente en un oso, Korvak asumió una postura encorvada y triste, y Niccolo y Elian pretendieron hacerse pasar por integrantes de un circo calmando un oso. El espectáculo sorprendió y descolocó a la patrulla que llegó a los pocos segundos. Eran dos guardias simples y un novato con un látigo, que parecía estar a cargo a pesar de sus cortos años.
No, no vimos nada. Estabamos corriendo al oso del circo que se nos escapó. Si, acá están nuestros papeles. No, por favor, faltaba más.
La artimaña estaba a punto de surtir efecto cuando llegó un superior del hombre con el látigo. Todos presos. Prirroda abandonó su forma de oso. Niccolo y Korvak se miraron entre ellos, y ello alcanzó para ponerse de acuerdo: Resistirse no tenía sentido en este momento.
Asi que se dejaron esposar, salieron a la ruta y marcharon en orden hasta una pequeña casilla de guardia que contaba con una pequeña celda. La celda estaba ocupada por un solo hombre, cuya cara parecía esconderse entre las sombras. Al principio Korvak pensó que era un truco de la escasa luz que había en la casilla, pero no. La cara esa era sombras. Pero sombras familiares. No era otro que John Coltrane, que aparentemente había pasado ciertas dificultades desde que los abandonara.
Fiel a su estilo, no hizo demasiados comentarios y decidió, aparentemente, reintegrarse al grupo.
Prirroda decidió que estar todos juntos en una pequeña celda era un buen lugar para empezar a cambiar la tendencia de su situación, por lo que comenzó a instrumentar lo necesario para robar las llaves de la celda.
A lo lejos, se escuchó un trueno. Un trueno extraño, pensó Korvak, que no sintió nada. Eso no es un trueno. La tierra tembló. Y volvió a temblar. Y a tronar. Definitivamente no eran truenos.
De repente, una erupción de tierra y barro partió al medio la casilla entera, y al mismo tiempo, los héroes abandonaron la celda. Un Bulette irrumpía en medio de todo, buscando sangre.
Algunos intentaron refugiarse trepando a piedras, otros a muebles, algunos corrieron. Pero nadie estaba a salvo.
Los guardias murieron entre las flechas de Elian y las fauces del Bullet, excepto uno que huyó camino a Toen y el joven del látigo, Donaldinho. Korvak le hizo frente a la bestia y con ayuda de sus compañeros, lograron primero herirla, y luego liquidarla. Era apenas un cachorro, pero los destrozos y el botín fueron considerables.
Donaldinho fue tomado prisionero, y el grupo, cargando el botín y algunas cosas útiles que habían logrado robar de la casilla de guardias, emprendió el camino hacia una taberna cercana.

Chero

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