El ruido de la fiesta en la calle no lograba ser completamente sobrepasado por el ruido que había en el interior de la taberna, y eso que estamos hablando de una taberna donde los mozos son monos y la clientela en general no está muy alejada de los mozos en la escala evolutiva, por lo menos en lo que a comportamiento social se refiere. Sin embargo, en una esquina, en una mesa, en susurros, un enano barbudo, una adolescente rubia y un dandy con un violín al hombro. Por lo que se ve, hacen planes y discuten: Dibujan en el polvo de la mesa con los dedos, mueven los vasos de cerveza para establecer escenarios y cada tanto los tres se reclinan, ponen gesto pensativo, piden otra ronda y vuelven a susurrar con las cabezas casi chocándose.
En eso, un tipo medio extraño, que se había mantenido nervioso y a un costado parece tomar valor y se acerca a la mesa, interpelando a la chica. El enano y el dandy se miran entre ellos, alertas, e interpelan silenciosamente a Nerea. Algo los tranquiliza, porque aunque no vuelven a cruzar palabras, mientras el extraño habla, ellos beben cerveza de a sorbos.
En la otra punta de la taberna parece que alguien tiene un problema. El ruido y el griterío suben unos decibeles. Hay un mono que parece francamente enojado. Lo indica el hecho de que esté parado sobre la cabeza de un cliente.
Vuelan un par de puñetazos, pero no pareciera que vaya a pasar a mayores, hasta que el enano le guiña el ojo al dandy y dice, bajito: Nerea, Niccolo, vamos a hacer entrevistas laborales. Sonríe y, sin mirar, revolea su pinta de cerveza unos dos o tres metros hacia arriba. Los dados están en el aire, el vaso de cerveza también, y antes de encontrar destino en la calva del rufián más grande del barrio, capaz de la ciudad, uno ya puede escuchar dagas dejando sus vainas, sillas cayendo al piso y decenas de botellas perdiendo su condición de tales, para pasar a ser cuchillas improvisadas.
Cuando el tiempo vuelve a fluir, el gigante está buscando una víctima, y encuentra un enano desafiante parado en una mesa que lo insulta. Da dos, tres, cuatro pasos, entra una patrulla al bar, cinco pasos, la patrulla pregunta qué pasa, seis pasos, el enano se pone en guardia, siete pasos y gira 90º, el enano sorprendido mira como el puñetazo que iba dirigido contra su cabeza va a parar de lleno en la cara de un guardia.
El enano se vuelve a sentar y pide una cerveza. Ahora hay un guerrero medio extraño sentado a su lado. Vuelan un par de dagas. Los monos empiezan a bailar una conga al ritmo afiebrado del violín de Niccolo. El halfling que estaba detrás de la barra decidió renunciar, y su modo de comunicarlo es abrir un par de barriles de cerveza sobre la barra. Niccolo se está haciendo pasar por un luchador de sumo y enfrentando al gigante. Cada uno se divierte como quiere.
El semi elfo que estaba conversando con la nenita esquiva un par de puñetazos, hace algunas piruetas, y el trío de la mesa callada lo mira con ojos aprobatorios.
Hay un guardia semidesnudo peleando con una señora gorda en medio de una ronda de chimpancés. La cerveza ya les cubre los tobillos.
Un guardia marcha hacia Korvak dispuesto a arrestarlo pero algo en su interior hace click, y cae desvanecido al piso. Agonizante. Korvak le apoya una mano sobre la nariz, vuelva un chorrito de sake sobre su boca y murmura unas palabras. El guardia vuelve a la vida como quien sale a tomar aire después de estar sumergido demasiado tiempo.
La dueña de la taberna se hace presente, pero al ver a Korvak, Nerea y Niccolo decide que puede esperar.
La diversión terminó cuando llega el capitán de la guardia. Korvak intenta convencerlo de que lo que está pasando es una fiesta privada y no hay motivo para intervenir, pero el capitán parece decidido a cumplir sus deberes.
El gigantón intenta huir, condenándose a prisión, pero parece confundido, o se distrae. Es extraño, pero lo arrestan.
Korvak le hace un gesto al semielfo y aparece dinero de la nada, que Korvak distribuye generosamente, incluyendo al capitán de la guardia. Tras un breve intercambio de amenazas entre el prisionero, los guardias y los aventureros, la taberna queda vacía y pacífica, y el grupo de aventureros se vuelve a sentar en la mesa, como si no faltaran media pared una puerta, y los cristales de todas las ventanas.
Veinte minutos más tarde, Korvak, Nerea, Niccolo, Elian, Biri, Benbul y un guardia que decidió cambiar de carrera profesional se dirigen sin prisa pero sin pausa, conversando entre risas a lo de Kjernasson.
Allí se encontraron con una escena más que bizarra. Dos personas cubiertas y embozadas con capas se tambaleaban y retorcían de pie, como si tuviesen espasmos constantes. Hasta que el más alto abrió los pliegues de su abrigo y aparecieron, uno sentado sobre los hombros del otro, Sxet, Mod y Tche. Pero, y la otra persona? Resultaron ser sus mujeres. Sxet había escuchado sobre el legendario carnaval de Toen y quería participar en la medida en que sus cuerpos verdes, retorcidos y sumamente ilegales se lo permitieran. Y pretendían que Korvak fuese su guía.
Korvak no hubiese tenido problema en asumir el riesgo, pero su hermano lo había convocado a una reunión urgente esa noche, asi que, después de insistirr, convenció a Sxet de dejarse guíar por Niccolo por las calles de la ciudad, y partió al bar de enanos más xenófobo de la ciudad con Lono, Elian, Biri y Benbul.
Su hermano no parecía muy contento de verlo, y menos de verlo acompañado por personas que no eran enanos y que tampoco eran, evidentemente, sus afamados compañeros de aventuras. Ninguno de los tres parecía un dandy, ni hablar de una nena preadolescente.
Korvak lo tranquilizó al respecto, pero igualmente envió un mensaje a Niccolo convocándolo. El príncipe de los enanos quería que estén todos presentes. Algo importante estaba por pasar, no hacía falta ser perceptivo para darse cuenta. Sus ganas de seguir bebiendo desaparecieron.
Unas horas más tarde se abrieron las puertas del bar. En silencio, acompañados solo por el ruido de sus pesadas armaduras, entraron un guardia real enano tras otro. Tres, cuatro, cinco, seis guardias. Y atrás, Bran y Agnes.
Bran se quitó el casco. Estaba extrañamente serio, sobrio y bien vestido, aunque se notaba que estaba recién bajado del barco, y llevaba la barba empapada de agua salada. Su hermana guardaba un poco más de dignidad, pero en su cara se veían rastros de lágrimas.
El silencio fue total. Bran sacó un hilo de voz poco característico:
Korf ha muerto.

Chero

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